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Los recuerdos no se ordenan a base de cuotas

En el altillo de casi todas las casas hay una caja de zapatos con cartas, entradas de conciertos y fotos reveladas. Esa caja no es el problema, y mucho de lo que se escribe sobre ordenar se equivoca justo ahí: intenta aplicarle a los recuerdos la misma lógica que a los tuppers. Con lo sentimental no hay cuota que valga ni plazo que cumplir. Lo que sí ayuda es separar lo que de verdad guarda un recuerdo de lo que simplemente es viejo, darle a lo primero una capacidad fija y aceptar que hay cosas que hoy no se pueden decidir.

Separar el recuerdo de lo que solo es antiguo

En cuanto abres esa caja se mezclan dos categorías que no tienen nada que ver. Por un lado, cosas que sostienen algo concreto: la carta que te escribió tu abuela, la foto del viaje aquel, la pulsera del hospital de cuando nació tu hija. Por otro, cosas que están ahí por inercia: el folleto del museo, la camiseta de una carrera popular de hace ocho años, tres agendas de trabajo con la letra de nadie.

Al mezclarlas, la caja entera se vuelve intocable. Nadie quiere arriesgarse a tirar la carta de la abuela por revisar folletos. Si el primer paso es solo apartar lo que claramente no guarda nada, la caja se aligera sin que tengas que decidir ni una sola cosa difícil.

Y hazlo en un momento tranquilo, no un domingo por la noche ni el día que te has propuesto ordenar la casa entera. Estas cosas se miran despacio o no se miran.

Nadie tiene que tirar por cuota

Circulan métodos que exigen quedarse solo con un número de cosas, o soltar una cantidad fija cada vez. Para los cables funciona; para lo sentimental produce arrepentimientos de verdad, de los que no se arreglan comprando otro.

Lo que se decide bajo presión con lo sentimental se decide mal. Si un día te levantas con energía y sacas media casa, con los recuerdos ese mismo impulso te puede llevar a tirar en veinte minutos algo que llevabas quince años cuidando. Aquí ir despacio no es falta de determinación: es lo sensato.

Tampoco hace falta que la decisión sea permanente. Puedes guardarlo, volver dentro de un año y verlo distinto. Los recuerdos cambian de peso con el tiempo, y eso juega a tu favor si no te obligas a resolverlo todo hoy.

Una caja con capacidad fija

Es lo que mejor funciona sin sensación de castigo: eliges un recipiente concreto (una caja, un cajón, una maleta pequeña) y ese es el sitio de los recuerdos. Dentro cabe lo que cabe. No hay lista de lo permitido ni de lo prohibido: solo un límite físico que tomas tú al elegir la caja.

La gracia es que el día que quieras meter algo nuevo, la decisión se plantea sola y es muy concreta: esto entra, ¿qué sale? Comparar dos recuerdos entre sí es infinitamente más fácil que preguntarse si un recuerdo merece existir.

Un par de detalles prácticos. Que la caja esté accesible, no en lo más alto del altillo detrás del árbol de Navidad, porque lo que no se ve nunca no cumple ninguna función. Y que no esté en el trastero del garaje si allí hay humedad: el papel, las fotos y la ropa se estropean, y perderlos así duele mucho más que haberlos soltado a propósito.

Cuándo la foto sirve y cuándo no

El consejo de fotografiar el objeto y quedarte con la imagen es útil, pero solo para una parte de los casos. Funciona bien cuando lo que quieres conservar es cómo era algo: los dibujos de los niños, los trabajos del colegio, las camisetas de todos los equipos, la decoración de una casa en la que ya no vives.

No funciona cuando lo que importa es el objeto físico. La chaqueta de tu padre no se sustituye por una foto de la chaqueta, porque lo que guardas ahí es el tacto y el olor, no la forma. Con eso, la foto es un consuelo pobre y lo notas al segundo.

Hay además una trampa a la que casi todos caemos: hacer doscientas fotos y no volver a mirarlas jamás, con lo cual has cambiado un montón físico por un montón digital. Si vas a fotografiar, mételo en un álbum concreto con nombre. Si no piensas hacer eso, mejor ser sincero y decidir directamente sobre el objeto.

Lo que es de toda la familia

Con lo que viene de una herencia o del vaciado de la casa del pueblo, el problema deja de ser solo tuyo. Antes de decidir nada, conviene hablarlo con tus hermanos o con tus primos: mucha gente guarda durante años cosas que otro de la familia habría querido encantado, y también al revés, se tira lo que alguien echaba de menos.

Tampoco corre prisa, aunque lo parezca. Salvo que haya que entregar el piso, no hay ningún plazo real, y las decisiones tomadas en las primeras semanas después de una pérdida casi nunca son las que uno habría tomado luego. Si hace falta, se meten unas cajas en el trastero y ya está.

Si tienes ganas de empezar por algo pequeño, coge solo un sobre de fotos o una bolsa de la caja del altillo, siéntate con un café y míralo sin obligación de decidir nada. Igual no sacas nada de casa ese día. También está bien: haberlo mirado ya es más de lo que llevabas años haciendo.