Aceptar un regalo no es firmar su custodia para siempre
Una fuente de barro pintada a mano que no pega con nada, un juego de copas que no has estrenado, una sudadera dos tallas más grande, el aparato de cocina que ocupa media encimera. Los regalos que no encajan se quedan en casa muchísimo más tiempo que las cosas que compramos nosotros, y no es por vagancia: es porque llevan pegada la sensación de que tirarlos es tirar a la persona. Merece la pena separar las dos cosas. El regalo cumplió su función el día que te lo dieron, que era decirte que se acordaban de ti. Lo que hagas después con el objeto es asunto tuyo, y hay cuatro caminos, todos legítimos.
El regalo ya hizo su trabajo
Cuando alguien te regala algo, está diciendo te tengo presente. Ese mensaje se entregó y se recibió; no está guardado dentro del objeto esperando a que lo uses. Si el jarrón acaba en el altillo del armario del pasillo, el cariño de tu tía no se ha estropeado, sencillamente el jarrón no era para tu casa.
Ayuda pensar en la otra dirección. Cuando tú regalas algo, ¿quieres que esa persona lo tenga en un armario durante quince años por compromiso? Prácticamente nadie diría que sí. Casi todos preferimos que se use o que le sirva a otro. Aplicarte esa misma medida es lo más razonable.
Cuatro salidas, todas válidas
Ante un regalo que no encaja, tienes exactamente cuatro opciones y ninguna es una traición:
- Usarlo, aunque no sea tu estilo, si de verdad te resuelve algo.
- Guardarlo conscientemente, porque la persona ya no está o porque tiene un peso que ahora mismo no quieres tocar.
- Pasarlo a otras manos: venderlo, donarlo o dárselo a alguien a quien le venga bien.
- Tirarlo, si está roto o no sirve a nadie.
La segunda opción, guardarlo a propósito, es la que más se subestima. No todo hay que resolverlo hoy. Guardar una cosa sabiendo por qué la guardas pesa muchísimo menos que guardarla por inercia y tropezarte con ella cada vez que abres el mueble.
Regalar de nuevo: una sola regla
Pasar un regalo a otra persona tiene mala fama y no se la merece, siempre que se haga bien. La regla, la única de verdad, es que no vuelva al círculo de quien te lo dio. Si te lo regaló una compañera de trabajo, no aparece en el amigo invisible de la oficina. Si viene de tu cuñada, no acaba en manos de nadie de esa parte de la familia.
Lo demás es cuidado básico: que esté sin usar y en buen estado, que no lleve dedicatoria dentro, que no le quede la tarjeta pegada al fondo de la caja, y que se lo des a alguien a quien le vaya a gustar de verdad y no a quien te venga bien colocárselo. Si lo único que estás haciendo es mover el problema de tu casa a la de otra persona, mejor dónalo directamente.
Lo de tu madre y lo de tu pareja no es lo mismo
Con la familia mayor, la conversación suele funcionar mejor que la operación silenciosa. A los padres y a los abuelos les afecta especialmente ver que lo que dieron no aparece por casa, y no porque quieran controlarte, sino porque para ellos regalar es cuidar. Ahí sirve bastante decir algo por delante y en positivo: que en el piso hay poco sitio, que estás sacando cosas, que agradeces mucho el detalle. Muchas veces la respuesta es un tranquilo, si a mí me da igual, que te deja de piedra.
Con la pareja o con quien vives, el problema no es el objeto sino que sois dos. Ahí lo que evita broncas es que nadie decida por el otro sobre lo que le regalaron. Lo tuyo lo decides tú, lo suyo lo decide quien lo recibió, y lo común se habla. Suena obvio hasta que uno de los dos hace una limpieza a fondo un domingo y el otro descubre que ya no está aquel cuadro horrendo al que le tenía cariño.
El amigo invisible y las cosas que no quería nadie
Hay una categoría entera de objetos que entran en casa cada diciembre y que nadie eligió del todo: el amigo invisible de la oficina, el detalle de la cena de Navidad, la cesta con cosas que no vas a comer. Suelen ser objetos simpáticos y sin destino, y tienen una ventaja: casi nadie espera que los conserves.
Con esos, la salida rápida es la mejor. Lo comestible que no vayas a tomar y esté sin abrir, al banco de alimentos o a un compañero de piso. Lo demás, a Cáritas o al grupo de vecinos. En enero, no en marzo, cuando ya se te ha olvidado que estaban en la balda de arriba de la cocina.
Cerrar un poco el grifo para el año que viene
Se puede reducir el problema en origen sin quedar de sieso. Cuando alguien te pregunte qué quieres, contestar de verdad y con algo concreto es un favor para los dos: una planta, unos calcetines buenos, entradas, vino, algo que se acabe. Muchas familias agradecen la excusa para dejar de inventar.
Y si en tu grupo o en tu familia los regalos se han convertido en un intercambio de objetos que nadie quiere, proponer un cambio de formato una vez, sin dramatismo, suele salir mejor de lo que temes. No siempre cuela a la primera, pero plantar la idea ya cuenta.